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De Quimeras y Ensoñaciones

El graffitero

El graffitero

Según todos los vecinos, se le parecía un poco, cierto es, pero la tranquila aldea se les había convertido casi en un recinto de ferias que no agradaba a nadie. Al principio de aquella historia los más escépticos se frotaban las manos, a sabiendas del negocio turístico que aquella superchería atraería. ¿Quién iba a imaginar que aquel cuento para adultos pondría el pueblo patas arriba?

Había pintado la pared con un color verde césped, toda ella selvática, agreste, campera, luego tomó con la mano derecha el spray de color negro y se pintó la palma de la mano izquierda de ébano, la cual apoyó en la pared para dejar su impronta, su marca, su emblema de pintor urbano, su firma era una mano negra sobre un fondo verde, y el césped se lo tragó, dejó de ser tridimensional para ser bidimensional, un plano horizontal, fundido en verde, atrapado en hierba, un dibujo en una pared, en el cuento que hizo del tranquilo lugar la peregrinación de gentes aburridas y folklóricas, que narraban a su manera y de mil formas distintas lo que allá encontraban. Al joven graffitero lo había capturado su propio muro, su lienzo de trabajo artístico se lo comió, era tal cual si el artista se convirtiera en la propia obra, un autorretrato para inmortalizar al propio autor. Así lo notaban y sentían todos.

En un rincón de aquella misma pared alguien colgó su retrato, - un familiar, un amigo quizá - tamaño folio, en color, le representa a él, a un jovenzuelo picado de pecas, con un bote de pintura en la mano y ojos despiertos, y la palabra desaparecido, debajo. Si alguien pudiese dar razón de su paradero, se ponga en contacto con el cuartel de la guardia civil más próximo ó llamando a un número de teléfono que allá figuraba. Unos dicen que si, que se le parece, que la imagen pintada en la pared es clavada a la de la fotografía, otros dicen que ni en pintura, otros opinan que se ha acabado la tranquilidad con esta inventiva propia de picaresca del siglo XXI. Y no deja de ser cierto, sin embargo, que si le miras los ojos, desde el amanecer hasta el crepúsculo, los verás correr, sus pupilas se desplazan de un lado al otro del muro, como si cobrasen vida, y su mano pintada de negro parece arañar por dentro, la pared, como si quisiera salir.

La prensa local se hizo eco del evento, el negocio era redondo, verano, turismo rural y barra libre en el bar, que por circunstancias "meramente casuales" había estrenado un sin par personajillo unos días atrás del inédito suceso, su terraza se amplió, las mesas de la tasca se llenaban de curiosos atraídos por la rumorología que divagaba sobre un joven que había desaparecido en extrañas circunstancias y su imagen se hallaba grabada nítidamente sobre un muro cual si se lo hubiese tragado, y un mago brujo hechicero de perversas intenciones le hubiese condenado al castigo condenatorio de un fondo muerto.

Viento en popa a toda vela navegaba el bergantín copero y cafetero, tapa tras tapa, caña tras caña, las gentes llegaban, miraban, preguntaban, curioseaban, y dejaban sus monedas tras su partida, en la caja registradora de aquel local. Buen ojo aquel negocio. ¿Engaña bobos? , ¿Engaña necios? .

La bola de nieve siguió rodando, más que bola, era bulo, de la prensa local saltó a la provincial, a la comarcal, y un día la prensa nacional le hizo un hueco, eco del hecho, una bola enorme que atrapaba en su rodar todo bicho viviente y lo atraía, subyugándolo, absorviéndolo, incitándolo a visitar el misterio, a visitar el pueblo, a llenarlo de un turismo sediento, una bola bulo que no sabía que más allá del camino, el camino acababa en precipicio, una bola de nieve a la cual la pendiente, el desnivel, cegaba, la convertía en una tonta solemne, una bola de nieve prepotente, orgullosa y tonta que seguía un camino, el camino acababa en precipicio y la tonta bola continuaba, el camino tenía un nombre, el misterio más grande para los ignorantes y el fraude para los intransigentes, uno de los cuales, extrañamente, era el alcalde del lugar. La pedanía tranquila se convirtió para él en lugar de risotadas a su espalda, negocio chulesco, aprovechados mangantes, cantamañanas y buitres carroñeros que parasitaban los bolsillos llenos de bobos turistas que creen en cuentos, y a pesar que las arcas del ayuntamiento engordaban a raíz del suceso, hizo bandera de su honor, voto de pobreza y desfacedor de entuertos, ya que nadie iba a convertir su pueblo en el hazmerreír y vergüenza de la picaresca ajena. Por la dignidad de un pueblo, contra la superchería de espabilados ganapanes y tunantes farrulleros que se reían con tretas de gamberros de todo un pueblo que tan estoicamente desde su puesto de mando se dignaba gobernar. E hizo de aquel acontecer su propia lucha personal. Limpiar el honor, pobre pero decente, íntegro y noble, sano y fresco, alejar los deshechos lejos, su lucha particular comenzó al notar que aquel bulo de nieve era tan enorme que podría llevarse todo el pueblo por delante, y movió hilos, movió sus peones de ajedrez en el tablero del juego, acá y allá habló, buscó, indagó, certificó con maestría sus dones de mando en el mundo del hampa, rastreó en los bajos fondos de negocios prósperos, de manos negras, de dineros negros, de sobres sobre sobornos, y saboreó su paladar con el olfato de un perdiguero.

Un día que amaneció tranquilo en el lugar, tras sus pesquisas haber salido vencedoras en buena lid del reto que se atrevió a afrontar, ese tranquilo día de finales de septiembre, el desaparecido se hizo presente por las calles del pueblo, reía, palmeaba las espaldas de unos, entrechocaba las manos de otros, abrazaba a los menos, besaba lascivamente a las mujeres, aceptaba complacido invitaciones a chatos de vino y jarras de cerveza, y se jactaba de ser tan popular, extrañado de su propia fama.

Contó que se fue del pueblo ha hacer fortuna a la capital, esa era toda la historia, se ahogaba en aquel humilde y aburrido lugar y decidió escapar.

Poco a poco todo regresó a su cauce, los salmones remontaron las aguas bravas para desovar en sus orígenes, y el pueblo se aisló de nuevo en su letargo de dormido perezoso que sueña con paredes pintadas de verde que atrapan artistas en sus redes.

Nadie se hizo eco del hecho, nadie reparó en ello, pero lo cierto fue que ese tranquilo día de finales de septiembre, del alumbramiento de la buena nueva de la venida del hijo pródigo al pueblo, en la pared del artista, sobre un fondo verde hierba, tan sólo se perfilaba una mano negra, ni rastro quedaba de la efigie del artista callejero.

 

 

 

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